Artes Aplicadas
Evita todo lo que puedas evitar;
luego haz solamente lo que te resulte
irremediable e inevitable de hacer.
Jasper Johns
Conocí a Paula Dünner hace más de 25 años, y desde entonces siempre que la he visto ha estado sumergida pintando o dibujando. Y según me cuentan, se ha expresado de esta manera -y sin tregua- desde que tiene uso de razón. Pintora de formación, también ha incursionado en el lenguaje del grabado, a través de la creación de serigrafías, aguafuertes, linografías y también litografías.
Si suscribimos a la hipótesis que divide a la humanidad entre cazadores y granjeros, entonces se podría afirmar que la obra de Paula Dünner tiende a ubicarse más bien cerca del trabajo agrícola; sus métodos son sostenidos, pausados, minuciosos, pacientes y sistematizados, y en su taller hay constantemente muchos asuntos funcionando al mismo tiempo y/o “preparándose” para entrar en acción.
Al igual que en el mundo agrícola (es decir, tal y como sucede con el arado, la siembra, el abonado, el riego, la poda, la fumigación, la cosecha, la trilla, el almacenamiento, el transporte, etc), en su proceso creativo no existe una instancia concluyente ni final, sino que todas las labores son equivalentemente relevantes y parecen estar concatenadas unas con otras. En ese sentido, sus obras -e incluso la exposición de esas obras- parecen no ser un momento cúlmine sino sólo un punto transitorio en el camino: la constatación que el suyo es un arte que se encuentra siempre en medio de una mutación.
La obra de Paula Dünner es, entonces, un arte de fases, de etapas, y cada vez que ella inicia una obra, ésta se va abriendo y ramificando en otras múltiples opciones. Es un arte de la paradoja y del misterio, también: en el mejor de los sentidos, la artista casi nunca sabe muy bien qué es lo que está haciendo. Hasta que decide acabar eso que está haciendo (aunque lo más probable es que no alcance a terminarlo del todo, cuando ya esté embarcada en el siguiente proyecto, sin haberse enterado realmente qué es eso que estuvo haciendo antes)… Como espectadores podemos echarle una mano con esa parte, y de ese modo saludar, agradecer y tal vez retribuir lo que ella tan generosamente nos ofrece.
Paula cuenta con muy pocas posesiones personales. Entre éstas, quizás sus objetos más preciados sean los que conforman la pequeña colección de artesanía latinoamericana que a diario la acompaña en su estudio: figurillas huicholas, calabazas de Honduras, gallitos de Guatemala, canastos de Ecuador, textiles de Oaxaca y Michoacán, entre otros, cuyo principal punto de convergencia es la abundancia de colores y la variedad de texturas y materiales. En ellos, la artista se nutre de energía visual, y siente la conexión con la sabiduría del hacer y con la posibilidad de construir un universo paralelo al nuestro.
Gran estudiosa del arte del pasado, no sería aventurado sostener que, por momentos, los trabajos recientes de Paula Dünner nos recuerdan los patrones florales del arte islámico, la determinación de Hokusai, la reivindicación ornamental en William Morris, la minuciosidad de Mary Delany, la fastuosidad en Gustav Klimt, la atención al universo botánico en Hilma Af Klint, las constelaciones ovoides de Hans Arp, el desparpajo en Paul Klee, los recortes de papel de Henri Matisse, la obsesión alienada en Henry Darger, el humor de Joan Miró, los diseños escenográficos de David Hockney, la frescura en Vera Neumann, el derroche en Hundertwasser, la fertilidad expansiva en Terry Winters, la pericia de Jim Nutt, las celdas y conductos de Peter Halley, los intrincados laberintos de James Siena, los ambientes delirantes/sofocantes de Kenny Scharf, la capacidad inventiva en Thomas Nozkowski, los revoltijos pictóricos de Luis Gordillo, la fuerza gráfica en Gary Hume, los enjambres multicolores de Pae White, el pragmatismo de Tomma Abts, las coreografías fragmentadas de Arturo Herrera o la exuberancia en Franz Ackermann.
¿Cómo es el mundo que nos plantea Paula Dünner? Sin duda que se trata de un espacio juguetón, un alfabeto secreto de ecos, vibraciones y resonancias, de burbujas, tramas, redes y membranas, de sistemas digestivos, nerviosos y respiratorios (que se sostienen unos a otros desde la pintura): un dulce popurrí de archipiélagos, arrecifes, frutos silvestres. Como si fuese una maraña de collares, aros y pulseras guardadas en un joyero, o un gran plato de tallarines sicodélicos, la gran mayoría de sus composiciones no tienen principio ni fin, sino que son un continuo interminable, generalmente sinuoso. Son estas formas curvas las que le permiten desplegar una gran plasticidad (superposiciones de capas y más capas, con jerarquías difusas y equívocas). Sus imágenes carecen de indicador de escala: ignoramos si son gigantescas (siderales) o diminutas (moleculares); podrían ser jardines submarinos de anémonas y platelmintos, como las vísceras translúcidas de algún ser mitológico desparramadas en alguna locación inventada.
Al igual que en las celebraciones masivas del Festival Arirang (en el que alrededor de cien mil jóvenes gimnastas coreanos se coordinan disciplinadamente para crear enormes composiciones cromáticas), las obras de Paula se nos presentan como cascadas de color, pero de un color organizado, coreografiado al milímetro. Se trata, por lo general, de colores que han sido trabajados más gráfica que pictóricamente; es decir, hay un encapsulamiento de cada color y no tanto un derrame ni tampoco una amalgama hemorrágica entre ellos. Todo fluye, sí, pero da la impresión que todo fluye tal y como la artista quiere que fluya. Podría decirse que la autonomía del medio está muy controlada y dirigida, y rara vez se le concede la ocasión de “mandarse sola”. Ahora bien, al mismo tiempo -y esta es una de las tantas contradicciones vitales contenidas en esta obra- el de Paula Dünner constituye un arte de pequeños excesos y rebuscamientos extravagantes, un arte tal vez no apto para el entendimiento convencional.
Tal como la música es -en esencia- volátil y subjetiva, las imágenes creadas recientemente por Paula Dünner son bastante “incomprensibles” en un sentido más lineal. Pertenecen a la ya larga tradición del collage –incluidos los Suminagashi, Ebrü y otros papeles marmoleados creados por ella misma- y a la aún más arcaica tradición de la imagen abstracta (abstracción que, en principio, nos permite como espectadores la posibilidad de leer sus imágenes sin que necesariamente se nos imponga una interpretación o un sentido literal).
Es precisamente debido a la abstracción que todas aquellas relaciones entre naturaleza y cultura que pudiesen estar contenidas en su obra, se vuelven más enigmáticas, más subterráneas, y por fortuna, menos didácticas. Es decir, para Paula Dünner todavía existe un potencial de incertidumbre en la imagen abstracta que aún hoy en día puede seguir siendo explorada y aprovechada. Y aunque en nuestro contexto cultural seamos mayoritariamente herederos del esquema artístico europeo (que a partir del Renacimiento estableció una distinción entre las llamadas Bellas Artes y las artes decorativas), también sabemos que a lo largo de los siglos el resto de las diversas culturas y civilizaciones de la humanidad han considerado indivisible la fusión entre todas las manifestaciones espirituales y expresivas: es así como el arte aborigen de Balgo, los dibujos meditativos Yanomami, la caligrafía japonesa o las pinturas de arena de los Navajo, constituyen prácticas casi siempre vinculadas con otras manifestaciones –rituales, danzas, cantos, etc- que en su conjunto buscan la armonía, el bienestar y la comprensión de la experiencia humana, sanar y reestablecer la belleza en el mundo, acercarnos a lo sagrado y a la aceptación de nuestros deseos y miedos, tanto individuales como colectivos.
En un álbum familiar de su infancia, hay unas fotografías en las que Paula, de pocos meses de edad, es sostenida en brazos por su padre y parece estar mirando fijamente la melena anaranjada y los patrones caleidoscópicos del vestido à la Pucci de su madre: ese es el instante de fascinación y dicha que su trabajo parece querer reconstruir una y otra vez. Ese es el espacio en el que se mueve el trabajo de Paula Dünner: el de la memoria y el ensoñamiento, el de la hibridez y la ambigüedad, el del azar por sobre el planeamiento, el del placer y el de una inmoderación en apariencia extraviada… Como si se tratase de un libro de horas pagano y hedonista, su obra registra sensiblemente el inexorable paso del tiempo y administra las diversas facetas de su excéntrica devoción privada.
Cristián Silva, agosto de 2019
En mi trabajo las formas van surgiendo espontáneamente. No tengo un plan, es a lo largo del camino que voy armando mi vocabulario básico y personal. Tampoco existe la ilustración de una idea, sino que sólo se trata de la materialidad y la subjetividad de la pintura, y ésta tiene vida propia.
Me muevo en el terreno de la manualidad y del placer. Trabajo sola y concentrada, con elementos que están a mi alcance inmediato. Persigo la libertad, y tal vez huir de la realidad, probando procesos y tiempos, intercalándolos, mezclándolos, dejando que una solución me lleve a otra. Buscando la intriga y la pregunta.
A mi trabajo dedico el total de mi tiempo, constante y obsesivamente, porque es lo que me hace sentir bien. Trabajo por amor o afinidad por los materiales, y la libertad de repetición y experimentación que ellos me permiten, intentando crear espacios y realidades propias, subjetivas.
Busco controlar el detalle y hacer orden del desorden: a veces siento gran felicidad, sorpresa y emoción en ello, y logro entrar en el trance del trabajo profundo y transformador.
Creo en la belleza como fuerza, no como debilidad. Más allá de un significado explicable con palabras, en principio, estas pinturas están hechas por y para mí, hablan por mí y de mí.
Yo soy mis trabajos.
Paula Dünner.
Agosto 2019.